Los pasos de la intertextualidad

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Y lo leí cada mañana traspasando la densa cortina de las nubes en invierno, atrapando los acentos ortográficos como si fueran las pausas de su aliento. No encontré los puntos finales en el argumento, y todo se hilvano entre comas, puntos suspensivos y uno que otro signo de exclamación, me pregunté: ¿qué hizo con los de interrogación y los puntos finales?

Era así un despertar curioso a sus versos, que luego se dibujaban en círculos que no cerraban, no se donde comenzaban o terminaban, pues todos me llevaban al mismo punto. Y no satisfecha con dar vuelta como un trompo, me encontré buscando los tiempos, todo era sincrónico, impreciso que si fue pasado o presente. Tenía la habilidad de escribir como si fueran nuestros versos, versos que iban y venían como aves mensajeras del génesis en el arca. Fue diluvio en mis lecturas, entre vuelta y vuelta escrita, amañado me llevaba a la orilla donde todo viento tempestuoso se vuelve brisa. Lo imprimí en el corazón, no se si para acompañarle o para que me acompañe; me adelanto a sus pausas inesperadas no vaya a ser que me atropelle, le sonrío a sus verbos presentes y futuros, todavía no he encontrado un punto y coma que me indique donde respirar un momento.

Cada noche asalta la inquietud de lo que está pendiente, y es así como las faltas de ortografías me han atrapado en sus tiempos.

(En los pasos de la inter-textualidad)

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Mi abuelo Indio

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La ùnica imagen que recuerdo de mi abuelo indio, es la de un anciano de cabello blanco y rostro moreno, sin arrugas y aùn con los dientes propios. También era alto mi abuelo indio, su raza era pura descendiente de los hombres y mujeres que hablaban el nahualt, llegó procedente de los países del norte, fue acá donde conoció a mi abuela india.

Mi abuelo indio era como todos los indios, solo que él se destacaba por su altura y fortaleza, por lo demás era jugador de dados, naipes, mujeriego, cazador de venados, pizotes, chancos de monte y todo aquello que pudiera ser adobado para asarlo a la luz de una hoguera junto al río. También pescaba, le gustaba pasar el tiempo nadando en posas profundas, luego de hacer eso con su manada de amigos, tomaba suficiente carne y la llevaba a sus hijas.

Mi abuelo arropaba a sus pequeñas hijas, las llevaba a cultivar maíz, frijoles y ayotes, cuando levantaba la cosecha pepenaba las semillas de ayote para tostarlas, molerlas y ponerles chiles, él decia que era como carne en los frijoles con un polvito de semillas para que no enfermeran. Tenìa lógica mi abuelo indio, las semillas de ayote tenìan proteìnas y el chile seco-crudo era vitamina C. Èl querìa a sus tres hijas, pero cuando andaba en amorìos con otras mujeres entonces las dejaba, sustraía la cosecha para abastecer otras casas.

Mi abuelo indio tomaba cususa, se iba a las cantinas y sentaba a cualquiera de las mujeres en sus piernas, entonces ellas se aprovechaban, lo hacìa tomar y le sacaban el dinero de las bolsas. Dejaba de tomar hasta que sus hijas llegaban a traerlo, le daban de comer, lo arropaban y al dìa siguiente comenzaban a quitarle la goma.

Esa es la imaginación de mi abuelo indio, porque él apenas si hablaba a mi madre o mi tía, nunca nos dirigió la palabra, ni siquiera hubo chance para hacerle un café. Cuando mi abuelo indio llegaba a casa, salía corriendo a llorar, le tenìa miedo y entonces él me tomó inquina. Pero de todos modos no me gustó nada aquel disparo en la frente, cuando salí llorando por todas las calles, pensaba que había sido por mi culpa, pero es que mi abuelo indio era como la mayoría de los indios, pendenciero, tomador e irresponsable.

Por los pueblos del norte, donde todavían están las razas originarias, las mujeres eran la garantìa de la crianza, el hombre preñaba y preñaba, las mujeres habìan sido evangelizadas por lo tanto veían como pecado tomar pastillas o abortar. Según un padre Jesuita que hizo las memorias de sus observaciones, era frecuente encontrar a los indios tirados en las aceras después de embriarse con chicha, las mujeres eran más trabajadoras y responsables.

La ùltima vez que vi a mi abuelo indio, estaba muy elegante con su camisa blanca manga larga y su pantalón de tela, a sus setenta años todavìa le gustaba ir a la cantina y enamorar a las mujeres, una de sus hijas le aliñaba la mudada y le garantizaba el aseo. para no perder la costumbre, lo vi de largo, él quiso poner su mano sobre mi cabeza y me retiré, él entendió que nunca seríamos parientes.

En el diario de Laurens, recompensas

 

Los diarios por lo general hablan de nosotros en primera persona, es un instrumento que registra acontecimientos personales y que al mismo tiempo expresan relaciones con otros sujetos. Pasados los años miras el diario y te das cuenta que a lo mejor no harías las mismas cosas sino es bajo ese estado emocional que te sugestiona, entonces piensas ¿Wao… eso lo hice yo? !Qué tonta, como fui a hacer eso! Te encuentras cargando con esas malas decisiones o solamente asustada de ser tan audaz.

Existencia audacias que tienen su recompensa, por ejemplo una vez me aventé a entrar a una reuniòn donde no habìa sido invitada y eso me logrò un buen trabajo durante buen tiempo. Fue algo casual, no tenìa intenciones de ningùn tipo, solamente observar como se organizan esas grandes actividades al estilo de los hombres de negro. O como aquella vez que respondìa a la gente en inglés bàsico y todas se dirigìan a mi en vez de hablarle a mi hija, que por lo común puede comunicarse. Ella me reclamaba: !Madre, porque todos le hablan a usted como si les entendiera!, yo me divertía, le decía: !Dejame a mi, esto no pasa todos los días! Y les sonreìa, decìa “yes” “oh”, Ya?

También aquel dìa que subíamos la cuesta, hundíamos las piernas en la nieve y caminar por primera vez en un clima agresivo, sin tomar precauciones, al final de la cima estaba aquel señor tan agraciado hablando en inglés con una dulzura que a veces cosquillea en mi memoria como charca de agua limpia.

Para la mayorìa de las cosas he sido algo audaz y para otras un poco lenta, por ejemplo tardo es triangular cuando las personas intentan manipularme, primero atiendo que las intenciones de todos son buenas  y luego lo siguiente: !Miércoles! ¿cómo pude creerle? Y me lanzo la culpa sola, no me victimizo, pero me odio, me detesto cuando me siento pendeja. Ya he aprendido, no todos son buenos, ni buenas, ni tienen porque serlo, la vida es muy jodida como para ir repartiendo bondades en todas partes, a veces hay que poner un alto, porque es tambièn una forma de educar a los otros, indicarles que no siempre será exitoso ir por ahì burlándose de las personas o tratando de ir por el camino más corto.

El chico de hoy lo identifiqué de largo, su imagen se parecìa a sus palabras escritas, estaba segura que era èl. Comprendì que se habìa esforzado mucho, y vaya que su esfuerzo fue grande, no dirè que él hizo o intentò hacer un fraude, serìa totalmente injusta. Alguien lo guiò mal e hizo injusticias con sus esfuerzos, en ocasiones tienes que golpear a la persona que está de frente para que otro reciba el golpe. No obstante, lo que más me agradó fue su audacia, rifado con un tema que quisquilloso y exigente, si solo su guía le hubiera dedicado tiempo.

Yo estoy consciente de mi tono de voz, lo directa y asesina de sueños que puedo ser, pero se lo irresponsable que puede resultar engañar a las personas, por tanto fui honesta, con el consecuente rubor del chico y su apresurada decisiòn de escuchar los resultados e irse. Me decían que fuera más tolerante con el ajuste, que asumiera el esfuerzo del chico, les dije que él podía hacerlo mejor y esforzarse por encontrar el camino correcto, que no lo subestimararan. Eso no se escucha bien, pero es lo más leal y honesto que han hecho por mi quienes me han enseñado.

Finalmente quedò un buen balance, una tiene que saber cuando te invitan a una parte para hacer equilibrio, a veces hay cerebros más inteligentes y sabios. Quedò allí ese señor adivino, ¿cóntame fuíste a la cruzada? -si fuí. !Ah! ¿También fuiste cegua? -Si, ¿se nota? -No, no se nota.

Reìmos un rato, hablamos de poesía, el chico se fue molesto, pero a mi me parece que por dignidad hará un mejor trabajo, fue al único que todos le hablamos honestamente, explicàndole por donde ir. Pese a tu tosudez, cierto aire arrogante, era transparente su mirada y su deseo de brillar con elocuencia.

Las recompensas que más me agradan son esas que pueden quedar en mi memoria en forma de sonrisa, agradecimiento, experiencia y afirmaciòn positiva.

Mi abuelo blanco

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¿Saben? Como todas las personas también tenìa un abuelo. Mi abuelo era especial, blanco, alto, con unas cejas de remolino que le ganaron el temor de la gente. Muy alto mi abuelo, blanco y con pelo rubio en la raíz, era un auténtico ciudadano de origen español. Guardaba en su memoria el àrbol genealógico, de aquellos personajes que vinieron algún día para recibir las tierras asignadas de la revolución liberal.

Solo mi hermano se pareciò a mi abuelo, sus cejas con remolino y ese temperamento belicoso. Me simpatizaba ese señor, no tenìa que estarlo chinchineando, sabìa que debía prepararle el cafè y luego calentarle la comida. Le servìa y comìa silencioso, nunca se quejó de mis atenciones, parecìa admirar mi vocaciòn servil de atender visitas. Pero mi abuelo era justo, antes de irse me dejaba un peso sin que mi madre lo observara, él decía: -Toma cipota, no le digas a nadie para que no te lo quiten. Asì hubo complicidad entre ese abuelo dictador y mi humilde persona.

Y mi abuelo fue del ejèrcito gringo, de los meros kakis, guardo su foto hasta que un dìa ya termine más borrosa. Le tenìa màs que cariño, agradecimiento, una tarde se apareciò sin avisar cuando mi madre iba a pegarme, se irguió con su estatura en la puerta preguntando: ¿le pasa algo a la niña? Mi abuelo me miraba como un gran padre protector, entonces entendì que el peso era un cariño y no un pago. Fui corriendo a servirle el café y luego la sopa, él preguntó: ¿Chigüina esto es sopa de piedra? no tiene carne. Entonces le respondí: -Papa, es que es magui, no trae carne. Quedó viendo a mi mamá y le dijo: -Tomá para que compres carne, la próxima vez me das sopa con carne, porque el otro día me diste masa en vez de nacatamales. Mi madre me miró de mal modo, la de los nacatamales fui yo, pero como adivinar que no tenían carne.

Asì era mi gran abuelo, de un caràcter feo y ordinario para todos, nadie lo recibía con una sonrisa, pero me dejaba revolotear a su orilla, cantar, mirarlo y darle de comer aunque las cosas no tuvieran carne. Cuando enfermó, recuerdo su mirada retraída, insultaba a todos, sin exclusión,  cuando cruzaba por su camino me llamaba para que fuera a comprarle los cigarros, le trajera café y mi madre, a pesar de todo, le mandaba la comida. Ellos no simpatizaban, pero él la respetaba.

Soñaba mi abuelo, como todos sueñan con sus propios delirios de grandeza o talvez no, solo sean los sueños de un tiempo mejor en la propia vida. Decìa que regresarían los gringos a mandar, que entonces toda la chusmería entendería lo que eran los grandes hombres. -Mirá chavala, todos esos que ves armados son unos delincuentes, quemaron la casa de mi familia y mataron a muchos allá por la campana. Si, se le cruzaban las historias, veìa la historia de su juventud repitiéndose en la nuestra.

Y tuve que aislar mi propia vivencia de todas las historias que escuchaba sobre mi abuelo, porque nadie le permitió reivindicarse, pese a que sus últimos años los pasó trabajando como los buenos hombres, haciendo un cafetal y cuidando un caballo, mi abuelo se perdìa por días en ese cafetal, hizo una casita de varas y ahí llevó los trastes necesarios para hacerse su café y la comida, dormìa como los dioses a la orilla de la quebrada. A veces se metía en una troja de maìz que el mismo amontonaba para que no hicieran falta las tortillas, me acercaba a desgranar maíz para jugar un rato junto a él, entonces cuando se cansaba me mandaba a jugar con las soncoyas, sino es que él las bajaba y las pelaba, compartía conmigo, se iba nuevamente en silencio.

Murió solo mi abuelo, tantos años viviendo solo, que un dìa nadie extrañó su presencia, mi prima más pequeña ocupaba ahora mi espacio, ella iba a darle de tomar agua cuando se dio cuenta y entonces dijo: -Mi abuelo ya no traga.

El otro día miraba un documental de C. Jung, lo veía y pensaba que era un gran padre, pero al final me di cuenta que ese viejito se parece mucho a mi abuelo blanco.

Manzanilla

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He recogido el olor a manzanilla

que inundaba todo el sendero,

he guardado todo el blanco-amarillo

que pudieron alcanzar mis ojos,

desbordada en mi corazón

la magia del universo,

que se escapó en una corriente de luz

y la capturé con ilusión

en un leve roce de silencio.

En mi piel se impregnó el olor a manzanilla,

que contenta y feliz se lucía en el camino

con sus vestiduras blancas y lazos amarillos,

que de lejos se veían sus colores

en luces blancas con puntitos dorados,

y mi vista voló entre el cielo y las flores,

para alcanzar el rayo de luz

y ofrecerte la magia de mil amores.

07-12-2014

Estática

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No es dificil escribir como Pezoa cuando llega la hora absurda, lo dificil es encontrar tantas palabras para describir la misma cosa “la hora absurda”. Pezoa no está mal, pero es como la gravedad, lo lees e inmediatamente te sientes hastiado de todo, del devenir del tiempo, de lo decadente que es la ciudad cuando la miras con ojos de anciano, de no sentir siquiera el espanto de la pesadilla porque la realidad es más espantosa que el sueño y su trasfondo.

Y a pesar de Pezoa, puedo describir la tristeza de tu ausencia, la sosobra del rocío que no emergiò en la hoja, tus apresurados pasos huyendo de mis voces y mis pies congelados en el lodo, detenida ante lo inminente, no me encuentro en tus letras y veo hacia los lados, paisajes sub-reales que se superponen en la ciencia de tu mirada y traicionan tus palabras. Dudo sobre la senda, lágrimas que sosobran, pergaminos inundados de signos y señales, hirientes como el rayo de sol leonino que irradia los jardines y allá a lo lejos el barco abandonado entre los troncos.

Hoy no es complicado amar como Pezoa, sin esperanza en el mañana por el presente que se ha enmohecido sin esperar al pasado, porque fueron tus besos sin amor como la pasión del que compró una noche sin disfrutarla, que has vivido una vida sin soñarla. Y sobre Pezoa se superpone Silvio con su trova triste, con ese tono de perro ladrando a la luna, que finalmente nos dice lo innombrable del momento, la facilidad con la que escapa el instante y dejando el rastro de lo ùnico eterno, la canción.

Maniatada en mi garganta fluye el verso que no escuchaste, porque no podías escucharlo, igual que nuestros ojos que no ven lo que no imaginan, nuestros oídos no escuchan lo que no conocen. Y tengo un verso mudo para ti, un verso que solloza y  te ama, pero es como una semilla en tierra infertil. Es un verso esteril que ya no canta, ni dice algo, entiendo que le dicen estática…

En el diario de Laurens, rupturas necesarias

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Amanecí un poco cansada, dormí poco, caminé durante la noche y sabiamente decidí no hacer lo que se considera correcto. Pensé en no dañar a una persona, confiar en sus intenciones y olvidar esas historias de no cortar hilos.

Pero aùn asì recordé, su padre robando al padre, su madre aceptando administrar los resultados del botin, la abuela robando un poco más a pesar de tener un salario, él muchacho aprendiendo a robar a su abuela a vista y complacencia de todos, ahora intentando quitar un poco más a la esposa, la esposa aceptando eso para tener compañìa.

Tambièn recordé una película sobre una chica que producto de la crisis en USA perdió su casa, lloraba por todas partes, logrò que un policìa la ayudara, el policía se separó de su esposa, la esposa de quien compró la casa muriò para ayudarla, tambièn murió el hijo del señor y finalmente este se suicidó. El policía queda vivo y la chica decide suicidarse después de todo el daño que hizo. Si se hubiera suicidado desde el comienzo no hubiera habido guión de película. La idea es que a veces puedes intentar ayudar a alguien que todo el tiempo naufraga, pero esa es su forma de vivir, naufragar constantemente para que le atiendan.

En ocasiones tenemos problemas, que vistos de cerca no son problemas, son como les llamo baches, es de sabios saber cuando hay que parar y decir alto, también es sabio dejar que algunas personas se suiciden antes que maten a muchos alrededor.

¿Porqué escribo lo anterior? El chico tomó el dinero y el carro de la esposa para ir a tomar licor, llevò al padre que le robó el dinero, la policìa le quitó el carro porque andaba sin licencia. La esposa demanda que busque como recuperar el carro sin pagar la multa porque tiene que ir a trabajar. Ayer intentò movilizar en su ayuda a todas aquellas personas que él ha rechazado porque nunca le invitan a tomar licor. A veces te preguntas cosas y sabes la respuesta, no puedes creer que caminarás sobre un huracán sin que este te arrastre.

Cuando haz fomentado un estilo de vida insostenible, es como una larga cadena que trasciende de padres a hijos, de hijos a nietos, hasta que alguien decide romper, darle otro rumbo a las cosas. ¿Cuesta? Si cuesta, pensar diferente cuesta, es una ruptura necesaria.

En ocasiones es necesario dejar los lugares, abandonar los grupos, construirse nuevas relaciones, cambiar el lenguaje, levantarse diferente y tener un motivo para sonreir e inspirarse.

Relatos de locura (II-parte)

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– Margarita ¿Recuerdas que sucedió antes de tener a tu bebé?

– No recuerdo bien, éramos él y yo, en un cuarto pequeño, con una pequeña cama, con libros pequeños en un librero pequeño, leìa con él poemas sobre la montaña, la arena, las noches y la luna. Él escuchaba, yo le leìa y nadie nos hablaba. Todos estaban enojados, no querìan saber de él, aunque no decían nada.

– ¿Porqué no te hablaban?

– No se, no lo dijeron, solo dejaron de hablarnos, bebé estaba bien, iba en la panza, no podían hacerle nada. Pero dejé de hablarle a las personas, nadie dijo nada, muchas personas enmudecieron en esos días, era un mundo silencioso. Luego dejé de notar su presencia, el bebé me enfermaba y la gente tomaba licor todo el tiempo, tenían parejas, se peleaban en las madrugadas, solo entonces les notaba. En las mañanas no había nadie, la comida escaseaba siempre y el bebé se resentía, caminaba hasta donde una señora que nos vendía comida cara, pero comida al fin.

Un dìa Juan quiso que me fuera con él, no sabìa lo que sentìa por èl, porque cuando vives para servir a los otros no sabes lo que sientes, a nadie le preocupa lo que sientes, solo es importante que les estés sirviendo, que seas ùtil y a lo mejor lo ùnico que tienes para sentir te lo quieren quitar, porque nadie puede decirte que hacer cuando no está seguro de lo que estás sintiendo.

Margarita ¿No quieres regresar a ese día que te fuìste?.

– No quiero, no me fui. Tambièn tenìa un jardin, estaba sembrando flores lilas y amarillas, algunas flores rojas y otras de hojitas coloridas, de esas que siembran al pie de las montañas altas, quería un jardin para el bebé. Y el jardìn desapareció, pero el bebé quedó en un jardin parecido. Ella destruyó el jardin y los otros se robaron los libros de poemas, se llevaron todas las cosas, no dejaron nada.

– ¿Quienes eran los otros?

– Eran como la manada, aullaban cuando tomaban y luego parecían muertos vivos, desaparecían por las mañanas y llegaban a la noche, le pegaban a sus mujeres pero ellas no decìan nada, eran mujeres silenciosas cuando me miraban, cuando yo pasaba se apartaban. Hasta ese día, cuando me dijeron que esperaban el nacimiento del bebé, porque sería un monstruo igual a mi. Salí corriendo, corrì mucho y tropecé en muchas partes, nadie me ayudó en el camino y al llegar donde Juan, él se reía.

Juan fue raro ese día, leí en su mirada algo perverso y dañino, pero no podía correr hacia atrás, con aquellas voces ebrias gritando en mi oìdo: -!Puta maldita! !Pariras un monstruito igual a vos! !Zorra, te voy a matar! !Voy a matar a patadas a ese bastardo! ¿Sabe? Antes no podía recordar eso, lloraba sobre el bebé y él gritaba cuando lloraba, se ponía inconsolable. Recuerdo ese día, Juan evitó volver a mirarme directamente a lo ojos el resto de su vida, le dije: El tiempo me hará justicia, y si hiciste algo lo cobraré cuando más te duela.

Juan viene a veces a verme, me da pesar, pero no hablo con él, la perversidad que trae en sus palabras no me gusta, me alteran, dice que fui una mala madre y que si quiero ser buena debo volver con él para cuidarlo, que tengo que ser más mansa, que olvide eso de cobrarle. Dice tambièn que podía ponerme presa, como hizo con la otra, que podía haberme dejado en el hospital y que en cambio me trajo a una clínica, él no sabe que aquí no se duerme, que hay más muertos que en su casa.

  • ¿Porqué gritaban aquel día?

– ¿Usted no escucha nunca? ¿No registra lo que le digo? ¿Nunca ve lo que sucede, todo hay que decirlo con palabras? Yo era de la manada, pero sentir por mi bebé me hizo alguien diferente, entonces me negaron el regreso a su mundo. La única manera de regresar era abandonarlo, eso me volvió más furiosa ¿Cómo le dices a tu propia hija que abandone a su hijo en medio del cementerio?

 

Limonadas y antibióticos

 

Tiene una infección en los bronquios, las defensas bajas, debe reposar y tomar limonadas, además de los antibióticos. Así dijo el médico y no era broma, los bronquios hacían un ruidito extraño, estaba denso respirar.

Corina piensa, Mi bebé, está enorme, él es muy dulce y cariñoso, todo el tiempo está pendiente de mis cosas, quienes son mis amistades, con quienes hablo por teléfono, está en todas mis redes sociales. Comemos juntos y hablamos de las mismas cosas, a veces como todos los hombres quiere imponer a quienes leer, entonces ahí está el conflicto, Corina ya repasó  a todos sus ìdolos.

Comen juntos, cuando dijo:

– Maaa escuché que alguien le puso un mensaje, ¿no va a ir a ver?

– No hijo, termina de comer.

– Maaa, debería escuchar requien con tostadas de Mario Benedetti, habla sobre un chico que sigue a su mamá para verla con un amante, él es feliz porque ve a su madre feliz…

En la medida que él hablaba Corina se sentía sensible, una lágrima estaba a punto de brotar y un nudo en la garganta, el pecho empezó a tener dificultades para respirar.

– Máaaa ¿Tiene ganas de llorar? ¿Verdad que es bonita la historia?

– !Apurate! que tengo algo atorado en la garganta, !trae agua!

Corina, pensó, que buena onda ese médico, muy oportuno con su tratamiento. Que chavalo más cabrón, como se parece al padre.

 

 

La apatía de Pezoa

 

 

Escuchaba a Pezoa, ese amor triste que no le dice nada y que deja en el baho moribundo de sus palabras durante esa hora absurdo en la cual todo huele a mortaja.

Alguna vez ame así, con esa tristeza profunda, con esa apatía e indiferencias capaces de fragmentar cualquier sentimiento puro y sincero que brotara de alguna parte. Entonces yo estaba muerta, Nada era alegre, todo era un lamento flotando al estilo de pesoa, ahora me doy cuenta que el amor es asì cuando no es amor. Solo la muerte del alma puede hacerte creer que estás en esa hora absurda.

Escuché muchos poetas hoy, entre intelectuales atómicos y semiologos, nada me dejo más triste que Pezoa, siempre es igual.

Esa letanìa por el pasado que muere a cada instante, la incertidumbre del futuro y la imposibilidad de atrapar el presente. Vivir y no poder tocar la vida, comprender para destruir y olvidar el amor, es lo más sabio que escuche. Ama sin comprender, ama sin explicar, solamente ama.

Y es que el amor no necesita explicaciones, se siente, sonríes al gesto, a la caricia sugerida, te enamoras cada día, por primera vez, por segunda vez y tantas veces sea necesario con tal de sentir cada mañana que es absolutamente distinto.

Por suerte que a Pezoa lo escucho una vez al año y cuando lo hago es por algún tema específico de interés filosofico, pero como me pone triste su vacío existencial tan lleno de apatía e indiferencia.