Escríbele a ella

descarga (9)

¿Porqué te fuiste? Sabías que eras mi bebé del alma, probablemente naciste conmigo en otra vida como una alma gemela que me acompañaba siempre. Yo te amaba con la energía de la planta que brota en medio de las piedras, en tu llanto árido yo era el rocío que acaricia por las noches la hoja de los cactus.

Cargaste tu mochila, dijiste que ibas para el norte, estabas ahí comiendo tortillas con aquellos migrantes de América Latina que se calentaban las manos en un barril de basura, mientras esperaban el tren de la muerte. En medio de la noche, tu sangre anunciaba que se acercaba el día del abrazo con la bella, sacaste tu lápiz y escribiste aquella carta. La leí mil veces, ¿porqué no me escribiste? Se la escribiste a ella, y no lloro por eso. Todavía pudiste escribir una para mi, decirme porque amándome como siempre me habías amado, huías de mi, aborrecías mi presencia.

Cargabas tu mochila con valentía, decías que querías morir con la dignidad del guerrero, del valiente; pero creías caminar cuando apenas te arrastrabas en busca del oxígeno, en busca de aliento y solo lograbas beber a sorbos del agua avinagrada que cultivaban los romanos camino al Golgota.

Te seguía como Verónica seguía a Jesús, para cada cierto tiempo secar tu sudor y tus lágrimas, pero luego me ignorabas, no me dejaste ni siquiera despedirme cuando todavía era tiempo. Te tuve en mi regazo, acaricié tu rostro y limpié tu pelo alborotado, revisé tu cuerpo golpeado, ese moretón que quedó en tu pecho luego de la fulminante estocada que te dio la espada de la justicia mal intencionada. Tus labios apretados y tus ojos entrecerrados, como solían estar después de tus marchas cansadas desde hacía tantos años.

Yo se que no me odiabas, pero no me volviste a mirar a los ojos, me esquivabas y aunque no me agredías, solo ignorarme me causabas la muerte. Hubiera dado mi vida por la tuya, pero yo no escribo las reglas, naciste tan débil como todos, solo es que en el camino   por alguna razón me hice fuerte. Y aún escribirte por décima vez me duele, como aquella tarde, como aquella noche, como al día siguiente y como las seis de la tarde que no quería dejarte cerca de aquellos árboles de malinche. Aún veo al norte, aún siento el sonido del tren de la muerte e imagino aquellas manos calentándose en el barril de basura, igual que las mismas manos se calentaban en la entrada del sucio hospital donde te buscaba desesperada por todos los pasillos, con los ojos ardiendo y en el fondo un cachito de esperanza, que aquellas gentes estuvieran mintiendo.

Ya he logrado respirar y hacer volumen con mi cuerpo, buscando desde el oscuro hacer equilibrio con el vientre, naturalizar este dolor y a veces albergar un poco de placer en el recuerdo de tu existencia. Amé la divina providencia, que te puso en mis brazos y me dejó enseñarte las primeras palabras. Pronto la veré a ella, ya estoy más tranquila, puedo enfrentar su mirada de reclamo, ella esperaba demasiado de mi, quería que le dijera que no te habías ido y solo pude enseñarle aquel lugar inhóspito donde te tuve que dejar a las seis de la tarde.

¿Qué puedo hacer? La droga, la misma droga que te dejó en aquel hospital ahora también la corrompe a ella. ¿Dime que debo decirle? ¿Porqué no le dijiste en esa carta que esperabas lo mejor de ella? Y no que le pedías que te recordará combatiente, guerrero y valiente luchando contra los trenes del infierno.

Pronto la veré y es bueno que es por voluntad de ella,  aún joven no comprende que en realidad fuiste egoísta queriendo ser bueno.

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