Del argot amoroso y otras chauchas

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Luego de leer cosas densas como la escasez de agua en las comunidades rurales, termino sintiendo que mi cabeza se calienta sin esperanza. Es ahí que intento enfocarme en el amor, a lo mejor como decían los viejos “que a falta de él uno piensa mucha babosada”. Entre más le pongo pluma al asunto, más estoy convencida que el “amor es una construcción cultural”, tanto colectiva como individual, es decir que para unas “la palabra muñeca” puede ser atractiva y para otra es “el desastre universal”.

Pensando un poco en la corrientina que describe Fabian en su cuento, me recuerda algunas anécdotas de la infancia y  pubertad, donde todo piropo bien intencionado a mi me podía parecer el chiste más ridículo que se le podía ocurrir a un hombre. Mi papá enamoraba a cuanta pierna pelada pasaba frente a sus ojos, sin recato, les decía: “Adiós mi muchachita linda”, pensaba que mi papá se burlaba de ellas, pues ya estaban viejas, yo apenas tenía ocho años, las muchachitas lindas debían ser pequeñas según mi entendimiento. De ahí que mis hermanos se cuidaban de decir piropos delante de mi, de lo contrario corrían el riesgo que me burlara de ellos en primera instancia y luego hacer chacota en el grupo. Joder (como dicen los cubanos), a los pobres no les recuerdo enomarando una novia enfrente de mi feroz argot burlezco, prohibido decir palabras bonitas en aquella casa.

Creo que no sucedía solo en mi casa, en el barrio escuchaba a los chavalos enamorando a las muchachas y le preguntaban directo: ¿querés culear? !ñoooo! eso era peor, por defecto crecí con la idea que el sexo era pecado y toda palabra alusiva al sexo era pecado.

En mi imaginario el amor fue tomando alguna forma a partir de las novelas de Corin Tellado, Ricardo de Santander y otros clásicos como María; Marianela, Doña Barbara. Es muy mala idea comenzar así la vida amorosa-sexual, porque todo va a la imaginación y menos a la práctica, de todos modos era lo único que nadie me prohibía, pero además nadie leía, sino me hubieran quemado por bruja subversiva. En la vida real mis prácticas sobre el lenguaje amoroso continuaron tan secas como el desierto de Sonora.

Por ahí escuché y un idiota me dijo que los hombres le ponen sobrenombres a las mujeres, por aquello si tienen más de una no cometer errores con los nombres, entonces a los trece años inventé mi regla número uno: El imbecil que quiera estar conmigo en serio no deberá decirme sobrenombres, deberá decirme mi nombre completo y sino negras, que se vaya con cualquier otra que le gusten los sobrenombres. Luego con el tiempo, desarrollé mi amor secreto por las malas palabras, al no poder pronunciarlas por los designios superiores de mi mamá, cree la regla número dos: El día que le diga a alguien “te quiero en puta” estaré realmente jodida.

La cosa muy complicada, mis compañeros de clases me trataron como una igual en todo, las tareas, los juegos, el argot popular y de paso una que otra pelea, se cuidaron extremadamente no decirme palabras bonitas y claro tampoco las decían a otras personas en el grupo. Era una cuestión de comportamiento grupal, las muchachas también se reían de las palabras bonitas, aunque en secreto ellas las aceptaban de los novios o amigos que conseguían de fiestas.

Más de alguna vez a alguien se le ocurrió decir: !Adios amorcito, estás rica!, entonces le contestaba: !Rica está tu abuela…! Otros decían: !Morena guapa! Era lo mismo siempre, !Morena tu abuela…! Después que mi mamá me pegó una vez, dejé de decir hijueputa, entonces me castró la inspiración y el amor por las malas palabras. Decir malas palabras tiene su encanto, una especie de magia libertaria que si se sabe disfrutar ahoga las penas.

Realmente nunca pude amar a alguien que intentara decirme un sobrenombre sin conocerme, creo que mi papá hizo bien su trabajo ideológico, él decía que mi nombre era hermoso y a todos les enseñaba a decirlo, aunque mi hermano mayor insistía en decirme “Tina” como mi abuela, las maestras, mis amigos y mi papá se encargaron de cambiar eso. Mi mamá comenzó a llamarme por mi nombre, cuando vió cantando a Tina Turner, encontrando el riesgo que en el barrio comenzaran a repetir ese mismo nombre conmigo. El racismo hace milagros en el imaginario de algunas gentes.

Y así crecí, muy seca de palabras bonitas y abundantes, para mi era suficiente con hacerle saber a la gente que me daba cuenta de su existencia, cuando desde pequeña tienes una agenda de trabajo importante, puedes darte el lujo de ignorar a los otros de tal forma que es una manera de vivir que nada tiene de cuestionable. Ese pobre muchacho de la cuadra el primer novio, no sabía besar, pero sabía de mi poca paciencia con las palabras bonitas, tampoco pudo enamorarme, o como dicen cortejarme. Creo que intentaron pagarme las fiestas y alguna cerveza, pero mi mamá dijo que eso estaba completamente prohibido, no había que aceptar invitaciones, sino tenés para comprar tu cerveza no la tomés, total me quedé sin aprender a tomar cervezas. Tampoco podía invitar a los muchachos, era peligroso “quedarse pagando el polvo”. Todas esas cosas ocurren en la vida real, la familia construye un montón de tabues, prohiciones, reglas morales y sociales, que tienen la intención de protegerte, no es que mi vida fuera árida o que las palabras bonitas en realidad tuvieran algún contenido importante, en mi argot cultural esas son expresiones “pequeño burguesas” que no están relacionadas con el “amor verdadero”. Estoy en la real lucha por apropiarlas y hacerlas conscientemente mías, pero a veces me dan ganas de decirle a alguien: !Retardado, no ves que dedicarte mi tiempo es quererte! y lo re-pienso, pero no lo digo, para no dar a conocer mi escasa paciencia con las palabras bonitas. A veces quisiera decirle: !Bruto, es la calidad del quiero o la cantidad de quieros lo que hacen la diferencia! Y guardo mis verbos, al igual que mis adjetivos calificativos, los empaco en un cometa de papel y los elevo junto a mi paciencia.

Es obvio que si alguien me ve, sin ser tan grande como una aria, tampoco soy tan pequeña como una mayagna, entonces era imposible que alguien dijera: !Te quiero mi chaparrita!, algo muy de moda en mis tiempos, los chicos las preferían chaparritas, nalgas respingadas, pelo abundante lacio o crespo suelto, blanquitas y que bailaran bien. Yo era medio alta, delgada, morena y larguirucha, pelo negro indigena, encima demasiado atraída por las actividades en pandilla con varones. Pero ¿pueden creerlo?, el padre de mis hijos se acercó y dijo al oído: !Te amo mi chaparrita linda! y unos meses atrás me llamó: !Negra vení! Hoy por hoy pronuncia muy bien las cuatro letras de mi nombre y jamás se atrevió a decir nuevamente que me amaba. Las palabras pueden no ser bonitas, pero cuando son precisas generan excelentes resultados.

Sinceramente, en mi casa nunca falta el agua potable, hasta puedo desperdiciarla, pero no lejos de esta ciudad hay lugares que en este mes ya no hay agua para tomar, las mujeres y niños/as tienen que caminar muchas distancias para conseguir el agua en pichingas de plástico, a veces es agua contaminada, apenas para tomar en el día, lavar es otra limitante, bañarse también. No hay solución, el agua de consumo humano se acaba y donde hay buenas fuentes la están contaminando con químicos para la producción de tabaco, la incidencia de cáncer se incrementa, las mujeres no aguantan la violencia y migran…. Entonces pienso un poco en el amor, quiero olvidar tanta realidad, para cerrar los ojos a tanta pobreza que nos someten, porque la gente se ocupa de las palabras bonitas pero olvida las prácticas bonitas.

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