Las mujeres valientes no lloran

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A la Engracia le enseñaron que las mujeres valientes no lloran, era esa abuela de siglos que rondó los ríos con una manada de hijos y a todos los tenía que entregar antes de los diez a la madrina del pueblo, decían ellas que las niñas tenían que aprender del trabajo de adentro, barrer la casa, limpiar los cuartos, hacer los mandados y cuidar la pubertad de los niños ricos o en su defecto la morbosidad de aquellas viejos desocupados cuando regresaban de la hacienda.

La Engracia lloraba todo el tiempo, tirada en una caja de cartón, mientras la mama lavaba con la abuela en los ríos de la ronda, entonces nadie se preocupaba por la contaminación de tanta mierda que iba en las sabanas de aquella gente criolla hijos de la colonia. Caminó muy temprano, destruía todas las cajas a punta de gritos y berrinches, una vez en el suelo se arrastraba hasta la puerta, a veces la recogían desde abajo, cuando queriendo gatear se iba de boca entre las piedras.

La abuela, india pura, nadie conoció nunca de que pueblo del norte vino su familia, lo cierto es que a los trece le dijeron que tenía que parir, y la abuela no dejó de parir hasta que tuvo que dejar de tener hombre, iglesiera como era y sumisa con las patronas, creía que aparearse con un hombre y no tener hijos era un pecado que podía pagar frente a la virgen de Santa Martha.

Cuando Engracia habló, nadie se dio cuenta, acostumbrados a escucharla gritar creían que gritaba todo el tiempo, pero la abuela escuchaba la pedidera para el pan y le decía a su mama: !Decile a esa chigüina que se calle, que molesta todo el tiempo! Engracia no quería leche, ni comida, solo quería aquellas roscas rosadas rellenas con azúcar. Y si no fuera por las roscas seguro que no recordaría a su abuela nunca. Dada por decir la señora que la chigüina mocosa era una muerta de hambre, que todo el tiempo mocosa y hedionda a berrinche.

El día que murió la abuela Engracia jugó mucho en la calle, nadie le decía cosas y luego un poco asustada pidió que la dejaran ver  en la caja, pensó: -Está fea la abuela, todavía me ve feo con esos ojos. Su mama lloraba mucho y se escondía de la gente, la abuela había enseñado que las mujeres valientes no lloran y si lo hacen, deben hacerlo de forma que nadie lo note, de forma que nadie diga que lloras solo cuando están muertos.

Así pasó la vida, Engracia no llora, las mujeres valientes no deben hacerlo. Está con su bebé en brazos, lo aprieta y lo esconde en su regazo, como queriendo aprisionar el último de sus suspiros. Apenas tiene dos meses y ya quiere irse, el niño no mama, hace muchos días que la leche no baja, sus ojitos apagados parecen querer nutrirse de aquella mirada vacía que no llora y no habla. Engracia no sabe rezar, odiaba al Dios de aquellas viejas rezanderas que se hacían las ciegas cuando sus hijos abusaban de las niñas de casa, al Dios de aquellos viejos asquerosos que les hacían parir a los bastardos.

El bebé ya no llora, con sus manitos delgadas se aferra a su pecho, deja caer su cabecita por ratos mientras un sueñito leve aliviana su sufrimiento. Engracia respira hondo, lo cubre con una sabana, piensa: Las mujeres valientes no lloran, pero tampoco tienen porque comer mierda. Camina sin llorar, sin hablar, toca las puertas y grita: !Ayudenme que el niño se está muriendo!

 

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One thought on “Las mujeres valientes no lloran

  1. carlos 3 abril, 2017 / 4:43 pm

    Tremenda historia, en ella nos muestras cuanto nos queda todavía por avanzar. Un abrazo.

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