Elogio a la palmera

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En alguna época, cuando estaba cansada de escribir con el lápiz, hacia las diez de la noche me levantaba, estiraba las piernas, ponìa la camisa tras el asiento y estiraba mi camiseta verde olivo. Tambièn, soltaba los cordones de las botas de cuero y abría las paletas de la ventana que estaba a mi espalda. Observaba a aquel a muchacho de mal humor permanente, creìa entonces que él llevaba una pena profunda, su voz ronca me insultaba apenas entraba el aire a mi encierro prolongado, perdía la noción del tiempo, entonces no llevaba cuenta de los minutos o los segundos, a lo mejor instuìa su entrada de borracho y esquivo vecino, pero en todo caso algo habìa en su presencia que durante muchos años fue una sombra amigable que no emitía palabras, solo señales de fiera atrapada e irremediablemente necesitada de afecto.

Las ventanas en las partes traseras de cualquier parte eran mis aliadas, buscar ese pequeño espacio abierto donde nadie veía la señal de libertad, él tenía abiertas sus ventanas aunque no estuviera presente, gritaba durante las mañanas para callar repentinamente durante las noches.

No creo que aquella ventana hubiera devuelto mi libertad, era la esperanza de no estar completamente sola a las diez de la noche, no importaba si a las once ya se había ido, era para escuchar su insulto y sonreirle. Quisa después de veinte años escuché lo que alguna  vez quiso decirme: “nadie me ve tan tierno como vos desde los veinte”.

Es la eternidad de un vecino tan bello y simpático, tras una ventana, como una fiera atrapada en el recuerdo de una herida mortal de su infancia. Cuando escuché lo más cercano a un reconocimiento, entendí de sus penas reeditadas cada noche y a lo mejor él pensaba lo mismo, éramos dos fieras reconociéndonos tras los barrotes de la ideología, estancados con la trampa y queriendo encontrar el camino de salida en aquel laberinto.

Hoy busqué la ventana en la parte trasera de la habitación, mientras en la TV los barrotes de la ideología hablan de un sujeto atrapado en su soberbia, otros tantos atrapados en el discurso de su ignorancia, también aquellos que gritan en favor de sus privilegios y hurdedumbres.

Solo habían paredes de concreto, ventanas abiertas con siluetas ausentes, silencio de hormigón y paisajes de manos esclavas, una pequeña palmera devolvió la esperanza a mi lente. Recordé aquel joven herido de una pena mortal que la soberbia hizo a su infancia, no pude evitar sonreirle a la pequeña palmera sin memoria de su mal nacimiento en una macetera para adornar un balcón de concreto, hice un elogio a su inocencia, tomé la foto y cerré el capítulo de las falsas ideologías que te subordinan, dejando tu vida pendiente de un pequeño hueco en la espalda.

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9 thoughts on “Elogio a la palmera

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