La tarde y el poema

poemas caricias

Cuando la poesía habita en mi
las tardes se deslizan lentamente,
es un ritual solemne, besarte la sonrisa,
murmurar una caricia y despertar en verso.

Verso que se convierte en Amor al paladar
y al tacto que te busca para seducir sin prisa,
en esta tarde que disimula lentamente
sobre tu pecho un poema que acaricia.

La caricia y el respiro apasionado
que el deseo contenido en ti ha convocado,
exploran tu relieve mis ojos, y un poema
que te besa cada poro y languidece en tus labios.

Cuando poema apasionado, es mi respiro equivocado,
cual caricia prohibida que peca de anticipado,
es amante desbocado que se desliza con la tarde
tibia, cálida, sigilosa y perenne, a la caza de un suspiro…

Suspira en mi poema que fluye cual caricia,
que en tu pecho se abriga y luego se resbala,
te seduce con ternura y te ama con la fuerza
del sonido bravo y fiero que retorna en tus versos.

La belleza de los días nublados

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La belleza de estos días, de este instante en el cual preciso de tu existencia; hasta ayer la niebla era un fenòmeno atmosférico; era la evidencia objetiva del invierno, mis pasos sobre el lodo y la posibilidad de una bufanda en mi cuello para no enfermarme.

Encuentro belleza en la silueta oscura de los árboles, en este momento que tú te has ido sin despedirte, reconocerte en mi tristeza y añorar tu compañía en esa banca que hoy no encuentro. La belleza de estos días nublados, no está en el amor a mi sufrimiento, sino en el retoño del sentimiento que a la sombra de la niebla crece de incógnito, sin alardes de grandeza, con la humildad de la pequeña hierva.

Los grandes árboles parecen fantasmas, enormes ogros que amenazan con devorar el tiempo, se mimetizan con la niebla y juntos, como padre y madre arrullan en su seno este retoño de amor concebido bajo la luna llena. ¿Puede ser? Embarazo de amor y nostalgia de tus versos, todo es tan sublime, que no existe nada más hermoso que la belleza de estos días en niebla.

 

El peso de la luna llena

Amado Chaucito:

Leo y recorro toda esa trenada de cosas bonitas que me inspiraste, nada parecido al otro día que me encontré con tu mirada tierna, aún beso los destellos que irradiaron en mi mañana y sentí tantas cosas especiales, soñé con aquel universo bajo la luna, tus llegadas tardìas y el encanto de esperarte, mis carreras al próximo tren con destino a alguna parte, cuidarme para encontrar tu sonrisa al finalizar la tarde.

Y encontré en todo eso vivido, que no cambiaría nada en mi historia, porque si cambiara algo es seguro que tú no estarìas ocupado pintando nuestra mejor escena aquella noche, ni yo hubiera conocido el arte de repensar mi soberbia. Se que en aquel momento donde aùn eras un futuro no visto, tomè el tren correcto en direcciòn al camino más largo, asì como abandoné el barco que todos querìan y entendì que debía esperar el barco correcto.

A pesar, que la luna llena devuelve la nostalgia de la caìda y mi silencio en aquella noche marchita, insisto en retenerla y cobijarme en su sombra, éramos nosotros en un mundo incierto reconociendo nuestras pieles y hurgando en lo más profundo, con miedo más que confianza, pero al fin nosotros en esencia construyendo y relamiendo las heridas que otros nos hicieron.

Lamer las heridas que otros nos han hecho, experimentar que para hacerlo se necesita más que saliba y afrecho, que la cura está en el alma que te observa con afecto. Si, exactamente es esto lo que deseaba decirte, en el amor el dolor es inherente, amar y que no nos duela de vez en cuando, es como mirar la luna sin saber que lo estás haciendo.

Pero apartando todo el sentido romántico de mi afecto, dejaré lo celosa para otro día… ¿Qué se le hace? Una cosa es que te digan que no debes ser celosa,  tanta evoluciòn me puede llevar al cosmos, convertirme en nube de polvo y estrella fallida, obvio, un poco atrasadita, me prefiero como una loba aullando en luna llena, a ser una pluma indiferente levitando entre las hojas secas.

Elogio a la palmera

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En alguna época, cuando estaba cansada de escribir con el lápiz, hacia las diez de la noche me levantaba, estiraba las piernas, ponìa la camisa tras el asiento y estiraba mi camiseta verde olivo. Tambièn, soltaba los cordones de las botas de cuero y abría las paletas de la ventana que estaba a mi espalda. Observaba a aquel a muchacho de mal humor permanente, creìa entonces que él llevaba una pena profunda, su voz ronca me insultaba apenas entraba el aire a mi encierro prolongado, perdía la noción del tiempo, entonces no llevaba cuenta de los minutos o los segundos, a lo mejor instuìa su entrada de borracho y esquivo vecino, pero en todo caso algo habìa en su presencia que durante muchos años fue una sombra amigable que no emitía palabras, solo señales de fiera atrapada e irremediablemente necesitada de afecto.

Las ventanas en las partes traseras de cualquier parte eran mis aliadas, buscar ese pequeño espacio abierto donde nadie veía la señal de libertad, él tenía abiertas sus ventanas aunque no estuviera presente, gritaba durante las mañanas para callar repentinamente durante las noches.

No creo que aquella ventana hubiera devuelto mi libertad, era la esperanza de no estar completamente sola a las diez de la noche, no importaba si a las once ya se había ido, era para escuchar su insulto y sonreirle. Quisa después de veinte años escuché lo que alguna  vez quiso decirme: “nadie me ve tan tierno como vos desde los veinte”.

Es la eternidad de un vecino tan bello y simpático, tras una ventana, como una fiera atrapada en el recuerdo de una herida mortal de su infancia. Cuando escuché lo más cercano a un reconocimiento, entendí de sus penas reeditadas cada noche y a lo mejor él pensaba lo mismo, éramos dos fieras reconociéndonos tras los barrotes de la ideología, estancados con la trampa y queriendo encontrar el camino de salida en aquel laberinto.

Hoy busqué la ventana en la parte trasera de la habitación, mientras en la TV los barrotes de la ideología hablan de un sujeto atrapado en su soberbia, otros tantos atrapados en el discurso de su ignorancia, también aquellos que gritan en favor de sus privilegios y hurdedumbres.

Solo habían paredes de concreto, ventanas abiertas con siluetas ausentes, silencio de hormigón y paisajes de manos esclavas, una pequeña palmera devolvió la esperanza a mi lente. Recordé aquel joven herido de una pena mortal que la soberbia hizo a su infancia, no pude evitar sonreirle a la pequeña palmera sin memoria de su mal nacimiento en una macetera para adornar un balcón de concreto, hice un elogio a su inocencia, tomé la foto y cerré el capítulo de las falsas ideologías que te subordinan, dejando tu vida pendiente de un pequeño hueco en la espalda.

Eres tan mìo

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Amor, en esta tarde lluviosa, cuando los faros se encienden y mi memoria te toca, he decidido escribirte alzando mi pluma al viento, dejando huellas sobre las gotas que en mi frente deslizan y luego caen, se juntan con las aguas y en el mar arriban victoriosas.

Y tras aquella ciudad veo tu rostro sonriente, te presiento en mis pasos que buscan la orilla, es tan mìo tu haber silencioso, tu correcta forma de amarme, poseerme con la libertad que mis versos te expresan.

Y te escribo con la intensidad que  lloviò en mi tristeza, con la fuerza del viento que penetrò en todos los espacios inspirados, aprisionè mi frìo y me calenté en tu pecho, me inscribí en ese latido tan apasionado con el cual descanso cada noche. Eres el más amado, tan mío como el aire que respiro, tan amada y de ti, como un un verso florecido en tus mañanas.